martes, 3 de junio de 2014

Robo al chino

El tipo está yendo al infaltable supermercado chino que tiene a una cuadra. Cuando se despertó se dio cuenta que no había café y entonces se decidió a ir, casi en pantuflas, con dos sombras sobre los ojos, el pelo negro despeinado (pero despeinado en serio, no despeinado cool) y una inevitable cara de suicidio. Aprovechando que ya está ahí se pone a ver góndolas y, casi sin darse cuenta, tiene una canastita llena. Un poco más despierto, casi con ganas de vivir la vida, recorre los pasillos del negocio asiático/porteño. Una vez que tiene todo y su renacido cerebro no le recuerda ningún artículo, se decide a pasar por la caja. El chino (seguramente no es chino, pero en el inconsciente colectivo todo asiático es chino) va pasando con cara de máquina de ensamblar los productos por la caja. Bip, bip, bip. Todo pronto en una bolsita, el tipo saluda y sale, feliz de haberse sacado de encima la traumática situación de ir de compras.
Pero, cuando está en la esquina, descubre algo que le cambiará el desarrollo del día, y, hasta quizás, de su vida. Como quien busca los signos vitales de alguien, el tipo se palpa el bolsillo derecho para ver si sigue vivo e inmediatamente se desespera: hay un cepillo de dientes nuevo que no le cobraron.
“Estoy a 20 metros, ¿vuelvo?”, piensa. Sin duda, eso sería lo correcto. Pero, a las 9 de la mañana, sin haber desayunado, ¿a quién le importa lo correcto? Mientras espera el semáforo, reflexiona. “Técnicamente hice algo ilegal, pero técnicamente fue sin querer. Es decir que no soy un chorro. Soy boludo, nada más. ¿O soy un chorro boludo?”. Cuando ya estaba llegando a una epifanía sobre el capitalismo, sonó la sirena. Se le heló la sangre. Casi se le cae la bolsa. Una combi de la policía, llena de uniformados, acaba de parar en la esquina.

“Cagué boludo. Ahora me meten en cana y a la tarde estoy hablando con Feinmann por ser el chorro más pelotudo de Argentina.” A esa altura, el sudor parecía caerle a mares. La presión lo estaba matando. ¿Corría? Pero, ¿corría con la bolsa? ¿O mejor tiraba el cepillo por ahí? El sol quemaba más. Ya algunos lo miraban extrañados; no es normal ver a un tipo agarrándose la cabeza, parado en una esquina. “Disimulá, pelotudo, disimulá”. En un ágil movimiento de disimulo, la bolsa se le cae. Un policía lo mira. Y la presión lo mató. Y el grito resonó en todo el barrio.
-¡Ok, yo me robé el cepillo, no disparen!


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