Sonó la chicharra. Todo terminó, 104 - 87. Los Spurs campeones. Comienzan los festejos, los saludos, los abrazos,el desahogo. Él lo vive de forma especial, saluda a LeBron James como un caballero. Se miran con Gregg Popovich, entrenador de San Antonio desde 1996, quien lo sacó a falta de dos minutos para que el público lo ovacione. Sonríen, lo lograron. Otra vez, los dos juntos. Le dieron el quinto anillo a la franquicia.
Él es Tim Duncan, el nacido en Islas Virgenes de 38 años, quien llegó hace 17 a la NBA y desembarcó en San Antonio. El amor fue mutuo, desde el primer momento. El jóven Timmy D arribó como número uno del Draft de 1997, luego de destacarse en la liga universitaria de Estados Unidos (NCAA). Nunca más se separaron y la relación no supo como desgastarse.
Tres veces MVP de las finales, 1999, 2003 y 2005, y dos MVP de la temporada, 2002 y 2003. Integrante del trío más ganador de Playoffs de la NBA y el segundo más ganador de la historia, junto a Emanuel Ginóbili y Tony Parker, y ganador de la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 con la selección de Estados Unidos. Duncan, con el 21 en la espalda, ya había pasado a la historia antes de su quinto título en la liga de básquet más importante del mundo.
Sin embargo, pese a la historia, a su experiencia y jerarquía, se quebró. Él, abrazado a sus hijos en el medio de la cancha, antes de recibir el trofeo, se quebró. Su hijo también lloraba, pero no por lo que su padre lo hacía sino por emoción o alegría.
El llanto de Duncan era nostalgia pura, saber que se está terminando algo que no quiere que se acabe nunca. Porque el almanaque corre para todos y él lo tiene en cuenta. Con sus pergaminos, que no son pocos, bajo el brazo, piensa en irse. En alejarse del lugar que más ama, que más le dio.
Sus movimientos como pivot, impredecibles y hasta a veces raros, su tiro corto efectivo y su espectacular performance a la hora de defender lo convirtieron en un jugador de élite. Cualquier aspirante a pivot del mundo quiere parecerse al emblema de los Spurs. O por lo menos copiarle algún movimiento.
Único, un verdadero fuera de serie, que supo levantarse de la pérdida de su madre cuando tenía 14 años y eligió el básquet como refugio. Él, que en la cancha dejaba más de lo que podía pero también lo hacía fuera de ella, ya que cuando en 2012 decidió reducir su salario a la mitad para que la franquicia no supere el tope de millones a utilizar y así sus compañeros puedan seguir en ella, demostró ser un gigante. No por sus 2,11 metros sino por su corazón.
Por tus triunfos, por tu juego, por tus enseñanzas dentro de la cancha, por tu compañerismo, por tu carisma, por tus fintas y tus volcadas. Porque demostraste que levantarse luego de tropezar es obligatorio y por hacer felices a miles de personas. Por eso, que en realidad es mucho más. Por eso te pido que nos regales otra temporada y no te retires. Por favor no, Tim.
Él es Tim Duncan, el nacido en Islas Virgenes de 38 años, quien llegó hace 17 a la NBA y desembarcó en San Antonio. El amor fue mutuo, desde el primer momento. El jóven Timmy D arribó como número uno del Draft de 1997, luego de destacarse en la liga universitaria de Estados Unidos (NCAA). Nunca más se separaron y la relación no supo como desgastarse.
Tres veces MVP de las finales, 1999, 2003 y 2005, y dos MVP de la temporada, 2002 y 2003. Integrante del trío más ganador de Playoffs de la NBA y el segundo más ganador de la historia, junto a Emanuel Ginóbili y Tony Parker, y ganador de la medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004 con la selección de Estados Unidos. Duncan, con el 21 en la espalda, ya había pasado a la historia antes de su quinto título en la liga de básquet más importante del mundo.
Sin embargo, pese a la historia, a su experiencia y jerarquía, se quebró. Él, abrazado a sus hijos en el medio de la cancha, antes de recibir el trofeo, se quebró. Su hijo también lloraba, pero no por lo que su padre lo hacía sino por emoción o alegría.
El llanto de Duncan era nostalgia pura, saber que se está terminando algo que no quiere que se acabe nunca. Porque el almanaque corre para todos y él lo tiene en cuenta. Con sus pergaminos, que no son pocos, bajo el brazo, piensa en irse. En alejarse del lugar que más ama, que más le dio.
Sus movimientos como pivot, impredecibles y hasta a veces raros, su tiro corto efectivo y su espectacular performance a la hora de defender lo convirtieron en un jugador de élite. Cualquier aspirante a pivot del mundo quiere parecerse al emblema de los Spurs. O por lo menos copiarle algún movimiento.
Único, un verdadero fuera de serie, que supo levantarse de la pérdida de su madre cuando tenía 14 años y eligió el básquet como refugio. Él, que en la cancha dejaba más de lo que podía pero también lo hacía fuera de ella, ya que cuando en 2012 decidió reducir su salario a la mitad para que la franquicia no supere el tope de millones a utilizar y así sus compañeros puedan seguir en ella, demostró ser un gigante. No por sus 2,11 metros sino por su corazón.Por tus triunfos, por tu juego, por tus enseñanzas dentro de la cancha, por tu compañerismo, por tu carisma, por tus fintas y tus volcadas. Porque demostraste que levantarse luego de tropezar es obligatorio y por hacer felices a miles de personas. Por eso, que en realidad es mucho más. Por eso te pido que nos regales otra temporada y no te retires. Por favor no, Tim.
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