viernes, 6 de junio de 2014

Al mejor postor

El torneo más áspero de la historia del fútbol se jugó en mayo de 1932 en el pequeño pueblo de Ceibas del departamento de Islas del Ibicuy en la provincia de Entre Ríos. Dieciséis equipos participaron en la llamada Copa del Paraná que comenzó el primero y terminó el 31 de lo que fue, para los que lo vivieron, el mes más largo de su vida.
Eliminación directa en partidos de ida y vuelta. Aquí no valía el gol de visitante y si había empate en los 90 minutos se jugaba a gol gana, por lo que un encuentro de cuartos de final entre Los Amigos del Rieu y Frutería Horten duró seis horas, momento en el cual Carlitos Meano, quien barría la frutería todas las mañanas, convirtió de cabeza para darle el paso a semifinales a su equipo.
Solo había un favorito antes de comenzar el certamen: el Municipal Team, en el que participaba el intendente Osvaldo Cañarel, quien puso de su bolsillo dinero para fichar a jugadores de Gualeguay, Villaguay y hasta a un porteño, Ricardo Sabor, que era la estrella.
El Municipal Team llegó a la final sin problemas. Su mayor goleada fue en cuartos cuando venció 8 – 0 a Lavadero Las Marías. Luego en semis se impuso fácilmente 4 – 0 a Frutería Horten, con cuatro goles de Sabor, por lo que llegaba agrandado a la final en la que se vería las caras con Los Amigos Football, equipo que agrupaba a varios hombres del pueblo con pequeños negocios, que había llegado a esa instancia ganando todos sus partidos 1 – 0.
El carnicero, el verdulero, el panadero, el albañil, el diariero, el electricista y el dueño de la bodega del pueblo integraban Los Amigos Football. Ellos no querían perder frente al equipo pago de Cañarel para demostrar que se podía vencer a ese intendente amigo de  Hipólito Irigoyen ; por eso decidieron tentar a Sabor.
Todos ofrecieron algo de lo que vendían para que la estrella del rival cambiara de equipo antes de la final, que sería a un solo juego el 31. El reglamento no decía nada de modificaciones ni traspasos, así que estaba permitido. La reunión con Sabor fue un éxito, él jugaría para ellos la final a cambio de carnes, verduras, diarios, facturas y vinos gratis por un año y además lo ayudarían a construir su casa cuando decidiese mudarse de Capital a Ceibas.
Mil trescientas veinticinco personas se juntaron en el descampado “Las Rosas” para presenciar la final el martes 31 de mayo a las 14. Todos se sorprendieron cuando vieron a Sabor salir con la camiseta de Los Amigos Football; se escucharon gritos de “traidor”, “pesetero” y “mercenario” por los que el galáctico porteño solo reía.
El Municipal Team salió al campo. El árbitro, Rues Thompson, un inglés que desembarcó unas horas antes desde el Uruguay para dar más parcialidad a las decisiones, pitó y la final de la Copa del Paraná emocionó a viejos y jóvenes en la tribuna.
Lejos de un fútbol vistoso, el juego fue puro nerviosismo, patadas, cargadas, trompadas, todo menos juego. Los primeros 45 minutos dejaron un saldo de dos expulsados por banda y ningún tiro al arco.
Thompson, que parecía aburrido y no entendía por qué todos los del Municipal Team buscaban al 10 del equipo contrario para cortarle los tobillos de una patada, no vio un penal enorme que Rúben Ewstu, el carnicero, le hizo a Cañarel pasados ya los 25 minutos de la segunda parte.
Picado el clima con el árbitro desde afuera por su error, dentro de la cancha seguían las imprecisiones y los fastidios por parte de todos los que jugaban. Sabor no la tocó, metió un caño pero no más que eso. Sus compañeros no sabían qué le pasaba. Él corría desesperado, pero parecía que se había olvidado que tenía que patear la pelota.
Faltaban cinco minutos cuando comenzó a llover torrencialmente. La redonda no se movía de la posición en la que estaba, pero el show debía finalizar. Un pelotazo certero de Juan Judn, el traído de Gualeguay, encontró solo a Weil Ruth, secretario de Cañarel, que la acomodó junto al palo izquierdo del arquero de Los Amigos Football y selló el 1 – 0 con el que parecía que se cerraba la final.
Ochenta y nueve gritó uno en la tribuna cuando el verdulero Fleutas, con más coraje y garra que habilidad, eludió a tres adversarios y quedó cara a cara con el guardavallas del Municipal Team. Fleutas reventó el travesaño pero en el rebote la pelota le pegó en la mano a Cañarel y el inglés no dudo en pitar penal. ¡Penal! Sí, penal, cuando faltaban 15 segundos para el final, penal para el débil, para el equipo del pueblo, para los que iban por la hazaña.
Casi como una obviedad, Sabor, que en su historial tenía 33 pateados 33 convertidos, se paró frente a la pelota. Si anotaba el partido iría al gol gana, en caso de no hacerlo el Municipal Team sería el campeón.
El alargue encontraría mejor parados a Los Amigos Football ya que Cañarel dijo que no jugaría más y su secretario debía irse con él por lo que tendrían una ventaja de dos hombres, clave para triunfar. Pero primero tenía que ser gol.
Sabor frente al arquero, las más de mil almas expectantes, el silencio paró la lluvia y la estrella tomó carrera, corrió hacia la pelota con displicencia y pateó fuerte.
Afuera, lejos, más cerca del banderín del córner que del arco. Cañarel y los suyos festejaron, Los Amigos Football se fueron a sus casas ofuscados, tristes y decepcionados. Estuvieron tan cerca pero fallaron.
Sabor se retiró de la cancha caminando y con una sonrisa, saludó a Cañarel y entré una marea de insultos se subió a un auto y se fue.
Tres días después el diariero, integrante de Los Amigos Football, leyó en un recoveco de la tapa del Clarín: “Ricardo Sabor nuevo concejal por la provincia de Entre Ríos”.


Sí, se había vendido al mejor postor. 
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