El torneo más áspero de la historia del fútbol se jugó en mayo de
1932 en el pequeño pueblo de Ceibas del departamento de Islas del Ibicuy en la
provincia de Entre Ríos. Dieciséis equipos participaron en la llamada Copa del
Paraná que comenzó el primero y terminó el 31 de lo que fue, para los que lo
vivieron, el mes más largo de su vida.
Eliminación directa en partidos de ida y vuelta. Aquí no valía el
gol de visitante y si había empate en los 90 minutos se jugaba a gol gana, por
lo que un encuentro de cuartos de final entre Los Amigos del Rieu y
Frutería Horten duró seis horas, momento en el cual Carlitos Meano, quien
barría la frutería todas las mañanas, convirtió de cabeza para darle el paso a
semifinales a su equipo.
Solo había un favorito antes de comenzar el certamen: el Municipal Team, en el que participaba el
intendente Osvaldo Cañarel, quien puso de su bolsillo dinero para fichar a
jugadores de Gualeguay, Villaguay y hasta a un porteño, Ricardo Sabor, que era
la estrella.
El Municipal Team llegó a
la final sin problemas. Su mayor goleada fue en cuartos cuando venció 8 – 0 a Lavadero Las Marías. Luego en semis se impuso fácilmente 4 – 0 a Frutería Horten, con cuatro
goles de Sabor, por lo que llegaba agrandado a la final en la que se vería las
caras con Los Amigos Football, equipo
que agrupaba a varios hombres del pueblo con pequeños negocios, que había
llegado a esa instancia ganando todos sus partidos 1 – 0.
El carnicero, el verdulero, el panadero, el albañil, el diariero, el
electricista y el dueño de la bodega del pueblo integraban Los Amigos Football. Ellos no querían perder frente al equipo pago
de Cañarel para demostrar que se podía vencer a ese intendente amigo de Hipólito Irigoyen ; por eso decidieron tentar
a Sabor.
Todos ofrecieron algo de lo que vendían para que la estrella del
rival cambiara de equipo antes de la final, que sería a un solo juego el 31. El
reglamento no decía nada de modificaciones ni traspasos, así que estaba
permitido. La reunión con Sabor fue un éxito, él jugaría para ellos la final a
cambio de carnes, verduras, diarios, facturas y vinos gratis por un año y
además lo ayudarían a construir su casa cuando decidiese mudarse de Capital a
Ceibas.
Mil trescientas veinticinco personas se juntaron en el descampado
“Las Rosas” para presenciar la final el martes 31 de mayo a las 14. Todos se
sorprendieron cuando vieron a Sabor salir con la camiseta de Los Amigos Football; se escucharon
gritos de “traidor”, “pesetero” y “mercenario” por los que el galáctico porteño
solo reía.
El Municipal Team salió al
campo. El árbitro, Rues Thompson, un inglés que desembarcó unas horas antes
desde el Uruguay para dar más parcialidad a las decisiones, pitó y la final de la Copa del Paraná emocionó a
viejos y jóvenes en la tribuna.
Lejos de un fútbol vistoso, el juego fue puro nerviosismo, patadas,
cargadas, trompadas, todo menos juego. Los primeros 45 minutos dejaron un saldo
de dos expulsados por banda y ningún tiro al arco.
Thompson, que parecía aburrido y no entendía por qué todos los del Municipal Team buscaban al 10 del equipo
contrario para cortarle los tobillos de una patada, no vio un penal enorme que
Rúben Ewstu, el carnicero, le hizo a Cañarel pasados ya los 25 minutos de la
segunda parte.
Picado el clima con el árbitro desde afuera por su error, dentro de
la cancha seguían las imprecisiones y los fastidios por parte de todos los que
jugaban. Sabor no la tocó, metió un caño pero no más que eso. Sus compañeros no
sabían qué le pasaba. Él corría desesperado, pero parecía que se había olvidado
que tenía que patear la pelota.
Faltaban cinco minutos cuando comenzó a llover torrencialmente. La
redonda no se movía de la posición en la que estaba, pero el show debía
finalizar. Un pelotazo certero de Juan Judn, el traído de Gualeguay, encontró
solo a Weil Ruth, secretario de Cañarel, que la acomodó junto al palo izquierdo
del arquero de Los Amigos Football y
selló el 1 – 0 con el que parecía que se cerraba la final.
Ochenta y nueve gritó uno en la tribuna cuando el verdulero Fleutas,
con más coraje y garra que habilidad, eludió a tres adversarios y quedó cara a
cara con el guardavallas del Municipal
Team. Fleutas reventó el travesaño pero en el rebote la pelota le pegó en
la mano a Cañarel y el inglés no dudo en pitar penal. ¡Penal! Sí, penal, cuando
faltaban 15 segundos para el final, penal para el débil, para el equipo del
pueblo, para los que iban por la hazaña.
Casi como una obviedad, Sabor, que en su historial tenía 33 pateados
33 convertidos, se paró frente a la pelota. Si anotaba el partido iría al gol
gana, en caso de no hacerlo el Municipal
Team sería el campeón.
El alargue encontraría mejor parados a Los Amigos Football ya que Cañarel dijo que no jugaría más y su
secretario debía irse con él por lo que tendrían una ventaja de dos hombres,
clave para triunfar. Pero primero tenía que ser gol.
Sabor frente al arquero, las más de mil almas expectantes, el
silencio paró la lluvia y la estrella tomó carrera, corrió hacia la pelota con
displicencia y pateó fuerte.
Afuera, lejos, más cerca del banderín del córner que del arco.
Cañarel y los suyos festejaron, Los
Amigos Football se fueron a sus casas ofuscados, tristes y decepcionados.
Estuvieron tan cerca pero fallaron.
Sabor se retiró de la cancha caminando y con una sonrisa, saludó a
Cañarel y entré una marea de insultos se subió a un auto y se fue.
Tres días después el diariero, integrante de Los Amigos Football,
leyó en un recoveco de la tapa del Clarín: “Ricardo Sabor nuevo concejal por la
provincia de Entre Ríos”.
Sí, se había vendido al mejor postor.
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