Vi jugadores raros, pero ninguno como El Ciego. Una noche de esas que
parecen interminables, me quedé charlando con él en el bar. Las bases de los
vasos mojados habían estampado un dibujo casi surrealista sobre la barra. Ahí
se me acercó y empezó a hablar. Cuando ya habíamos charlado lo que me
parecieron tres o cuatros días seguidos, le perdí un poco el miedo que daba por
esa barba de erizo y le pregunté cómo había perdido los dos ojos. Me contó que,
el día que descendió Independiente, club de sus amores, se arrancó los dos
globos oculares al grito de “ojos que no ven, corazón que no siente”. Todavía
no sé si su respuesta fue un producto de la borrachera o eso era lo que había
sucedido. Prefiero pensar que fue así.
Sin embargo, el Ciego, histórico 7 de Polancos, el club de la
localidad, siguió jugando al fútbol. Por su vasta experiencia adentro de la
cancha, se las arreglaba para no desentonar los 5, 7 minutos que el técnico lo
ponía. Además, los árbitros y rivales, la mayoría conocidos y amigos, accedían
a ponerle un pequeño cascabel a la bocha. Así, el tipo miraba sin ver y la
llevaba algo torpe pero seguro sobre la línea.
Cada vez que tocaba la pelota, los cincuenta hinchas que había en la
canchita gritaban y vitoreaban. No se avivaban que, con tanto ruido, el Ciego
perdía de vista la pelota.
“Es hoy, es hoy…”, se despertó susurrando Máximo, mi compañero de
equipo y casa. Luego de un arduo torneo, Polancos se jugaba el campeonato
contra Agraciada, que llegaba a la calurosa tarde dominguera con la misma
cantidad de puntos. Los ganadores serían reconocidos en todo el pueblito,
beberían gratis en el bar y alguna amorosa damisela les ofrecería una noche con
más temperatura aún. Los perdedores se sentirían lo peor del universo e irían
desganados a su trabajo de camioneros o kioskeros.
En el almuerzo, el Ciego se mostraba más charlatán que de costumbre y
hablaba con la seguridad de alguien que sabía que tendría un papel determinante
en nuestro sueño de campeonar. Víctor se ofreció a llevarnos a todos en su
combi, para aparentar ser algo más profesionales y no llegar todos caminando o
en bicicleta a la cancha. Algún gracioso puso el himno de la Champions League.
El ambiente estaba demasiado tenso y no daba para reírse.
Después de una emotiva charla del DT, saltamos al césped y comenzó el
partido. El juego, como se preveía, fue una porquería. Patadas voladoras, pases
mal hechos, la pelota llorando en el aire y un par de peleas entre jugadores
que fueron terminadas por el cuarto árbitro, el panadero Gorosteaga. En ese
contexto de mediocridad, Polancos había estado más cerca.
Cuando ya iban 89 minutos, el partido seguía sin goles y parecía que
podíamos jugar dos semanas seguidas sin que ningún héroe empujara la pelota a
la red. Mientras atendían a nuestro arquero por una paralítica que le había
hecho el delantero rival, el entrenador le dijo al cuarto árbitro: “Vayan
preparando la bocha con el cascabel”. Acto seguido, llamó al Ciego. “Ciego, es
la tuya. Vos quedate bien arriba que lo ganás, yo sé que lo ganas”. El Ciego no
hacía un gol hacía más de 3 años. Entró motivadísimo a la cancha. Los 10
borrachos que había atrás del arco enloquecían con el ingreso del jugador del
pueblo.
A los 95, Agraciada tenía la última jugada del partido, un córner que
había sido festejado como un gol. El técnico, que no quería que nos vacunaran
en el final, le gritó al Ciego: “Anda a cabecear”. Después yo no sé que pasó.
No se si el Ciego se confundió por los gritos de la hinchada, si lo hizo sin
querer o a propósito. Pero, cuando la pelota venía en el aire, la cabeceó con
rabia y la metió en el ángulo. En nuestro ángulo. Todos nos quedamos helados,
pero el Ciego salió desaforado gritando el gol, al igual que los rivales. Lo
había ganado, pero no para nuestro equipo.
Apenas terminó el match, nos reunimos rápidamente y acordamos que no
podíamos decirle lo que había pasado. El tipo se había arrancado los ojos por
el descenso de su club, quién sabe qué podía hacer si se enteraba que nos había
cagado el campeonato. Es por eso que, con lágrimas en los ojos, improvisamos
una copa con una olla y una lámpara y se la dimos al Ciego. Después, lo
llevamos en andas por la cancha, mientras el verdadero equipo ganador daba la
vuelta olímpica atrás nuestro. La noticia corrió rápidamente por el pueblito y
todos entendieron que debían ser parte de la farsa, por el bien del Ciego. Es
por eso que todos lo felicitaban en la calle, tomó gratis en el bar y la Gitana le ofreció sus
servicios con un 50 % de descuento. Yo me fui inundado en un mar de lágrimas a
mi casa y no salí en todo el día, como todos mis compañeros. Hasta el día de
hoy, el Ciego cree que fue el héroe. Nadie le dijo la verdad. Quizás es mejor
así. Ojos que no ven, corazón que no siente.
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El cuento está fantástico. Cuidado. Bien redactado. Tiene humor y calidez. Merecía ser leído por muchas personas, por eso le pedimos a autor su autorización para publicarlo en el semanario EL ECO del departamento de Colonia. Esperamos respuesta. Nancy
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