viernes, 30 de mayo de 2014

SEPARADOS POR UN MURO

Al subir la traicionera escalera de la Sivori alta, donde cada escalón parece un enemigo, se encuentra un amplio mural que cubre todo el pasillo que rodea la tribuna popular local del estadio de River. Al principio, la imagen parece simplemente una visión creada por un agotado cerebro, que pide a gritos una bocanada de oxígeno luego de la angustiosa escalinata.
Miles de rostros pintados gesticulan desde la pared, denotando su eterna pasión por el club que aman. Los hinchas que por allí pasan ojean la obra y siguen su camino para encontrar un buen lugar en la grada. Pocos, o ninguno,  saben las disputas y los conflictos que esta creación ocasionó.



“El mural lo hice gratis y por amor”, afirma Alejandro Cattanzaro, personaje de aspecto bohemio, pelo largo, barba trasnochada y cigarro en mano. El bar está desierto. Nadie más es testigo de las declaraciones del pintor, quien recuerda cada detalle de su trabajo en la tribuna Sívori. Relata cómo impulsó su proyecto sin ayuda. Tuvo que golpear puertas en el estadio hasta poder hablar con el por entonces presidente de la institución José María Aguilar y obtener su aval. “Tardé ocho meses en conseguir el permiso, a pesar de que iba a pintar gratis y conseguir los materiales yo mismo”, continúa.
Entre pitada y pitada, explica que la idea era “darle un regalo al hincha”. Esto mismo le dijo a Alan Schlenker, en ese tiempo líder de la barra brava de River, quien visitó una tarde de noviembre de 2004 la obra en construcción y dio el visto bueno. Conmovido por el trabajo, el barra ordenó a la confitería del club que le mandara todos los días sándwiches de milanesa, ya que no se le pagaban viáticos.

“Cattanzaro es un mitómano medio siniestro”, asegura Diego De Luca, cuya firma figura, un poco escondida, en el mural. “Era un auxiliar que despedí a los tres días porque no había pintado ni una línea”, explica.
Aquí es cuando la historia sobre la creación de la obra se torna nebulosa. De Luca prosigue: “No tocó un pincel; le debo un cabezazo en la nariz cuando lo vea”. Dejando de lado las suspicacias, un blog, creado en 2006, detalla con imágenes el proceso creativo, que muestra a este pintor como el líder del proyecto.
Queda en evidencia que ambas historias, ambiguas, se relacionan. Algo ocurrió entre los protagonistas pero ninguno se atreve a contarlo.

Fernando Guarini, presidente del fútbol infantil riverplatense de ese momento, es el único personaje que se encuentra en las declaraciones de ambos muralistas. “Alejandro y Diego comenzaron a pintar juntos, ellos propusieron la idea en el club pero pocos días después de empezar se pelearon y Alejandro dejó la obra. Diego la terminó con otras dos chicas”, recuerda. Esta versión aclara el porqué del odio que hay entre ambos artistas, que omitieron la pelea en sus declaraciones.

Los ojos ciegos apuntan al pasillo. Autos con banderas rojas y blancas irrumpen en la escena. El mural es tan largo que parece deshacerse en el horizonte, como una ruta de colores. Después de todo, la única certeza es que la obra existe y allí está, busca cautivar y esconde una parte de la historia que solo los ciegos ojos observaron.

 El color de la pasión en cuatro bloques

El mural, que fue inaugurado el 6 de abril de 2005 y abarca 116 metros de tribuna, está dividido en cuatro capítulos que intentan plasmar la pasión del fanático riverplatense.
El primero es en honor al hincha en general, tanto para aquel que va a la cancha como para quien ve los partidos en casa con su familia. En la segunda escena aparecen representados los barrasbravas en la popular. Esto se debe a sus pedidos de ser inmortalizados en la pintura. Incluso, estas personas acercaron bocetos a los pintores. El tercer capítulo refleja la multitudinaria caravana que se realizó por el centenario del club el 25 de mayo de 2001, en tanto que el episodio final muestra a los aficionados caminando por el barrio de La Boca, en una invasión al territorio enemigo, como una muestra de coraje y valentía.
Además, a pedido de familiares, fueron incluidos en la obra algunos simpatizantes fallecidos, que de esta forma quedaron estampados en las paredes del club que amaron.

El mural, que tardó más de cinco meses en ver la luz, contó con la participación de todos los fanáticos que quisieron ayudar, por lo que fue un trabajo de y para los hinchas.
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