Es
prácticamente inevitable que uno sea robado (de manera directa, viendo a la
cara al ladrón; no voy a hablar sobre políticos) en algún momento de su vida.
Debería ser una circunstancia poco placentera pero, a la vez, pacífica. Para
que esto suceda, hay que cumplir ciertas condiciones/consejos.
No entre en pánico. El miedo puede provocarle
reacciones estúpidas que no serán agradables para el señor delincuente. Para
mantenerse tranquilo, lo ideal es pensar que es una situación urbana más, común
en una ciudad, como puede ser esperar el semáforo o bancarse al grupo de salsa
que se sube inesperadamente al subte.
Trate de congraciar con el delincuente. Puede empezar preguntándole de
qué club es hincha, cómo llegar a tal dirección o dónde compró esa campera. Lo
ideal sería que el ladrón termine esa misma noche en su casa comiendo una pizza
y viendo Tinelli con usted. Quizás hasta se convierta en su amigo, y años
después recuerden la vez que se conocieron debajo de la autopista.
Colabore. Este ítem va directamente relacionado con el
primer paso referido a la tranquilidad. Si bien todos sabemos que, en nuestro
interior, tenemos un potencial Rambo que puede batir hasta al más feroz de los
demonios, lo cierto es que no serviría de nada salir lastimado (o que el pobre
malhechor salga herido) Huir tampoco es una opción. No sea cagón y banquesela.
Hablele sobre su vida. Este consejo toma mayor
importancia si su vida es realmente aburrida. Trate de explicarle esa gráfica
que no puede resolver, pídale consejos amorosos o explíquele cuál hubiera sido
la postura de Marx, objeto de sus recientes e inútiles estudios, en una
situación como esta. Si su situación económica es inestable, muéstrele facturas,
cheques rebotados o telegramas de despido que lo confirmen. Si, por lo
contrario, está en una época fructífera, en la cual encuentra euros debajo de
los paquetes de Criollitas, no le mienta. Puede que pierda algún objeto de
valor, pero nunca los modales.
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