Llora.
Sin duda, está llorando. Sin motivo o razón aparente, la chica de buzo negro
llora. Pero no lo hace en la intimidad de su casa, en la comodidad de su cuarto
o a pedido del director de un culebrón barato. No. La chica está parada un poco
antes de llegar a la esquina, recostada contra la pared, tapándose la boca y
con ese gesto casi desfigurado que algunas personas tienen cuando están
terriblemente angustiadas. No soy el único que se extraña. Muchos peatones
observan curiosos a la chica que, después de un rato, decide sentarse en la
vereda (que está tan maltrecha como ella) respaldando su espalda sobre la pared
mugrienta y simplemente quedándose ahí. Estoy tentado de preguntarle qué le
pasa, más por curiosidad que por un sentimiento de solidaridad. Ahora tiene la
vista perdida, los ojos grandes y una quietud que asusta. ¿Qué la puede haber
dejado en ese estado? ¿La habrán robado? ¿Violado? Entre hipótesis se me ocurre
que, quizás, se puso a pensar en todas las miserias del mundo y se angustió,
ahí mismo. Me río para mis adentros. Soy un tarado. La piba está llorando,
totalmente consternada y yo me río de mis propios chistes. Es que la situación
es un choque entre lo dramático y lo absurdo. Una chica sentada en la vereda,
llorando, mientras todos los oficinistas le pasan casi por encima. No es
normal. Sigo dudando si ofrecerle algún tipo de ayuda o consejo (cosas raras en
mí). Pero me pongo a pensar. Si está llorando ahí, en medio de la nada, quiere
decir que le acaba de pasar algo, seguramente terrible. Seguramente necesite
rápido algo de ayuda, al menos un oído para desahogarse. Mirá si se consume de
tristeza ahí mismo, en Tacuarí e Irigoyen. Si de tanto llorar sola, de repente,
explota. Considero una opción sentarme al lado de ella llorando desconsoladamente.
Quizás ve que alguien la está pasando todavía peor y se siente mejor. Reveo
todas mis posibilidades. Pero el semáforo se pone en verde. Entonces cruzo y
sigo mi camino.
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