Va como
flotando. Levitando, en puntas de pie. El pelo le ondea con el viento. Tiene
los ojos clavados en algo que nadie más ve. Acto seguido, patea la pelota y la
pone exactamente donde quería. El delantero mete el gol e inmediatamente lo
busca a él. Al que mete los pases que nadie ve, al que no se pone nervioso para
salir jugando. El atacante va y se abraza con Andrea Pirlo.
Escenas
como esta se repiten en casi todos los partidos. Pirlo, que nació hace 35 años
en Flero, una pequeña comunidad italiana de no más de nueve mil habitantes,
suele dejar en prácticamente cada encuentro un pase gol, que se convierte en
asistencia o no dependiendo de la precisión del definidor.
Pero,
más allá de su visión de juego, Andrea tiene una forma de moverse y de golpear
la bocha casi única. Parece que hasta el pase más simple sale diferente de sus
botines. Que cuando él toma la redonda, su equipo, sea cual sea, encuentra el
rumbo. Porque Andrea es como una brújula. O un reloj.
Pero no
basta saber cómo o dónde pararse. A la teoría hay que agregarle la práctica. Y
el italiano maneja las dos facetas como un artista. No en vano le dicen “el
arquitecto” o hasta “Mozart”. Porque el italiano lo sabe todo, pero además
ejecuta sus movimientos con un estilo y una estética única. Ya al verlo parado
en el centro de la cancha, con su pelo y postura de galán italiano, uno se
imagina que ese tipo la mueve. Y si nunca lo viste jugar y de repente ves cómo
el tiempo se enlentece cuando él la tiene, te das cuenta que es distinto.
Porque esa es otra característica del jugador de la
Juve. En puntas de pie, con la camiseta
prolijamente adentro del pantalón y ese aura de emperador que tiene, Andrea la
lleva. Si la tiene por más de cinco segundos, todo el mundo se da cuenta que lo
vio. Vio el pase. Ese que te sorprende, ese que vos te jactás de darlo
apretando una combinación de botones en la Play Station. Tac. Pum. Gol. Un
estacazo. La pelota parece que se va larga pero, increíblemente, se frena un
poco y le queda al atacante. Los defensores se reprochan. Pero no tienen nada
que reprocharse: solo Andrea vio lo que hizo antes de hacerlo.
Me
pregunto qué sentirán los compañeros de Pirlo al verlo ahí, trotando al lado de
ellos. Antes que nada, tranquilidad. Nadie puede ponerse nervioso viendo al que
tiene el 21 en la espalda. Pero, por otro lado, convencimiento. Convencimiento
de que esa forma es la correcta. Eso es el fútbol. Si hasta cuando hace una
propaganda de vinos te dan ganas de comprarte uno. Porque el tipo es así. Te va
mostrando cómo se tiene que jugar al fútbol. Y vos, de a poco, te vas dando
cuenta que es así. Y ahí le compraste la idea. O él te compró a vos.
Y
espero que dure mucho más. Que cuando la pelota llore en el aire, venga el 21 y
le muestre dónde ir. Que le de un
refugio. Esperemos que el día que el galán de la bocha deje las canchas
este lejos. Pero, por las dudas, se lo digo antes de que llegue ese día de
luto. Te quiero, Andrea.
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