domingo, 15 de junio de 2014

Pienso, luego juego

Va como flotando. Levitando, en puntas de pie. El pelo le ondea con el viento. Tiene los ojos clavados en algo que nadie más ve. Acto seguido, patea la pelota y la pone exactamente donde quería. El delantero mete el gol e inmediatamente lo busca a él. Al que mete los pases que nadie ve, al que no se pone nervioso para salir jugando. El atacante va y se abraza con Andrea Pirlo.
Escenas como esta se repiten en casi todos los partidos. Pirlo, que nació hace 35 años en Flero, una pequeña comunidad italiana de no más de nueve mil habitantes, suele dejar en prácticamente cada encuentro un pase gol, que se convierte en asistencia o no dependiendo de la precisión del definidor.
Pero, más allá de su visión de juego, Andrea tiene una forma de moverse y de golpear la bocha casi única. Parece que hasta el pase más simple sale diferente de sus botines. Que cuando él toma la redonda, su equipo, sea cual sea, encuentra el rumbo. Porque Andrea es como una brújula. O un reloj.
Pero no basta saber cómo o dónde pararse. A la teoría hay que agregarle la práctica. Y el italiano maneja las dos facetas como un artista. No en vano le dicen “el arquitecto” o hasta “Mozart”. Porque el italiano lo sabe todo, pero además ejecuta sus movimientos con un estilo y una estética única. Ya al verlo parado en el centro de la cancha, con su pelo y postura de galán italiano, uno se imagina que ese tipo la mueve. Y si nunca lo viste jugar y de repente ves cómo el tiempo se enlentece cuando él la tiene, te das cuenta que es distinto. Porque esa es otra característica del jugador de la Juve. En puntas de pie, con la camiseta prolijamente adentro del pantalón y ese aura de emperador que tiene, Andrea la lleva. Si la tiene por más de cinco segundos, todo el mundo se da cuenta que lo vio. Vio el pase. Ese que te sorprende, ese que vos te jactás de darlo apretando una combinación de botones en la Play Station. Tac. Pum. Gol. Un estacazo. La pelota parece que se va larga pero, increíblemente, se frena un poco y le queda al atacante. Los defensores se reprochan. Pero no tienen nada que reprocharse: solo Andrea vio lo que hizo antes de hacerlo.
Me pregunto qué sentirán los compañeros de Pirlo al verlo ahí, trotando al lado de ellos. Antes que nada, tranquilidad. Nadie puede ponerse nervioso viendo al que tiene el 21 en la espalda. Pero, por otro lado, convencimiento. Convencimiento de que esa forma es la correcta. Eso es el fútbol. Si hasta cuando hace una propaganda de vinos te dan ganas de comprarte uno. Porque el tipo es así. Te va mostrando cómo se tiene que jugar al fútbol. Y vos, de a poco, te vas dando cuenta que es así. Y ahí le compraste la idea. O él te compró a vos.

Y espero que dure mucho más. Que cuando la pelota llore en el aire, venga el 21 y le muestre dónde ir. Que le de un  refugio. Esperemos que el día que el galán de la bocha deje las canchas este lejos. Pero, por las dudas, se lo digo antes de que llegue ese día de luto. Te quiero, Andrea.
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