miércoles, 11 de junio de 2014

El perro, la nena y el árbol

Puede sonar a frase hecha, pero la vida tiene giros extraños. Esa esquina era igual a cualquier otra. Lo único que podía diferenciarla del resto era un árbol gigante que salía de la vereda. Sus ramas se bifurcaban y formaban un laberinto que cortaba el cielo. Sobre el tronco había varios cortes verticales, como los que hace un preso en su celda. Algunas manchas oscuras adornaban la corteza.  El árbol, de apariencia milenaria, llamaba tanto la atención que todos los vecinos habían olvidado qué calles se cruzaban allí. Desde siempre, esa había sido “la esquina del árbol”.
Nadie sabe qué pudo haber pasado ese día. Quizás un sonido fuerte, una sirena.
 La niña tenía alrededor de 5 años. Solía usar colitas rosas en el pelo, que generalmente combinaban con el tono de su ropa. Los rizos rubios  brillaban con el sol. Pero ese día estaba nublado.
El perro tenía un tamaño considerable. Su pelaje negro también brillaba. Generalmente escapaba un poco del jardín de sus dueños, dos simpáticos ancianos. La pareja había comprado el perro para tener algo más de compañía. Sus dos hijos vivían en otro país. El canino siempre había sido muy pacífico y cariñoso. Nadie sabe qué pudo haber pasado ese día.
Las nubes de esa tarde habían anulado cualquier tipo de sombra en el suelo. Era, y terminó siendo, un día oscuro en muchos aspectos. Nadie sabe qué pudo haber pasado.
La calle, como siempre, estaba prácticamente vacía. Solo pasaban por esa esquina bicicletas y algunos peatones. La niña y su madre estaban paseando. Era domingo. La madre se detuvo a cruzar algunas palabras con una vecina y descuidó un segundo a su hija. El perro, como solía hacerlo, estaba vagando por la vereda. El animal y la niña se encontraron en la esquina del árbol. Nadie supo qué pudo haber pasado ese día.
Tiempo después, alguien notó que había otro corte en el árbol. La sangre todavía sigue en la corteza.


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