Puede
sonar a frase hecha, pero la vida tiene giros extraños. Esa esquina era igual a
cualquier otra. Lo único que podía diferenciarla del resto era un árbol gigante
que salía de la vereda. Sus ramas se bifurcaban y formaban un laberinto que
cortaba el cielo. Sobre el tronco había varios cortes verticales, como los que
hace un preso en su celda. Algunas manchas oscuras adornaban la corteza. El árbol, de apariencia milenaria, llamaba
tanto la atención que todos los vecinos habían olvidado qué calles se cruzaban
allí. Desde siempre, esa había sido “la esquina del árbol”.
Nadie
sabe qué pudo haber pasado ese día. Quizás un sonido fuerte, una sirena.
La niña tenía alrededor de 5 años. Solía usar
colitas rosas en el pelo, que generalmente combinaban con el tono de su ropa.
Los rizos rubios brillaban con el sol.
Pero ese día estaba nublado.
El
perro tenía un tamaño considerable. Su pelaje negro también brillaba.
Generalmente escapaba un poco del jardín de sus dueños, dos simpáticos
ancianos. La pareja había comprado el perro para tener algo más de compañía.
Sus dos hijos vivían en otro país. El canino siempre había sido muy pacífico y
cariñoso. Nadie sabe qué pudo haber pasado ese día.
Las
nubes de esa tarde habían anulado cualquier tipo de sombra en el suelo. Era, y
terminó siendo, un día oscuro en muchos aspectos. Nadie sabe qué pudo haber
pasado.
La
calle, como siempre, estaba prácticamente vacía. Solo pasaban por esa esquina
bicicletas y algunos peatones. La niña y su madre estaban paseando. Era
domingo. La madre se detuvo a cruzar algunas palabras con una vecina y descuidó
un segundo a su hija. El perro, como solía hacerlo, estaba vagando por la
vereda. El animal y la niña se encontraron en la esquina del árbol. Nadie supo
qué pudo haber pasado ese día.
Tiempo
después, alguien notó que había otro corte en el árbol. La sangre todavía sigue
en la corteza.
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