jueves, 10 de julio de 2014

El fantasma nunca se fue

Sesenta y cuatro años atrás. Precisamente el 16 de julio de 1950, un país quedaba enmudecido. La angustia se apoderaba de los 8.514.215 metros cuadrados que alberga Brasil, donde se desarrollaba la Copa del Mundo que tenía a la selección local en la final como máxima favorita.

Un presentador que transmitió a los presentes que en la cancha estaban ingresando los próximos campeones del mundo y un planeta que no esperaba otra noticia más que Brasil campeón, habrán pensado que todas sus predicciones estaban encaminadas cuando Friaça anotó el 1 - 0 en el inicio del segundo tiempo luego de sufrir todo el primero. 

El Maracaná se levantó y comenzó a vibrar, nadie podía callar a las 200.000 mil almas que se ilusionaban con ser los mejores del planeta. Los uruguayos, que tenían la mala suerte de haber llegado a la final, parecían perdidos en la cancha, desconcertados por el griterío de los fanáticos que se entusiasmaban con el sexto gol antes que con el segundo. 

No tenían rumbo, salvo uno. Obdulio Varela, el centrojás, que decidió ponerle paños fríos al partido cuando más lo necesitaban para no ser goleados. Este paró los tantos, habló con el árbitro y en el tiempo perdido logró que las tribunas apaciguaren sus alaridos. 

Todo controlado. Brasil seguía ganando, pero el imponente estadio había dejado de ser una caldera inaguantable. Así,Uruguay, con más actitud que buen juego, empató a los 66 minutos, con gol de Schiaffino, y luego lo pasó a ganar 2 - 1 con tanto de Ghiggia.

Nadie lo podía creer, Varela sí. Sonreía en la mitad de la cancha, mientras se sentía campeón. Y pensaba en los 198 millones de brasileños que no deberían poder creer la pesadilla que estaban viviendo. 

El inglés George Reader pitó y la final terminó. Uruguay bicampeona, Brasil sin nada, en su casa y con su gente se quedó sin nada, solo con tristeza.

Suicidios, disturbios, escándalos taparon lo deportivo, en la que es conocida como la peor tristeza colectiva de la historia, llamada: Maracanazo. 

El centrojás dijo muchos años después de la final que la angustia que sintió en las calles de Brasil y la infelicidad que vio en el pueblo le dieron ganas de haber perdido el partido, porque no se puede comparar la tristeza de 198 millones con la felicidad de 3 millones, que no estarían tan tristes si no lograban ser campeones. 

Una espina, eso le quedó al triste pueblo brasileño. Una espina que soñaban sacarse 64 años después, otra vez en un Mundial organizado en su casa, con su gente, con su color. 

Todo estaba encaminado nuevamente. Pero se dieron la cabeza contra la pared siete veces en el Estadio Mineirao, en la semifinal frente a una Alemania en la que no juegan personas sino robots que solo se encargan de hacer las cosas a la perfección, sin apiadarse de nadie ni de nada. 

1 - 7. El peor papelón de la historia. Lejos quedó el Maracanazo, que poco parecía importarle a los mismos cariocas que se autogritaban: Ole, Ole. Seguramente buscando que se selectivo reacciones.

Cinco goles en 30 minutos, una debacle futbolística, algo que ni el más optimista de los alemanes ni el argentino más antibrasileños se hubiera imaginado nunca, estaba ocurriendo. 

Nada más que decir. Brasil nuevamente fuera de su Mundial. La sociedad no parecía tan triste como en 1950 pero igualmente no estaba para nada feliz. Y, más allá que algún alemán salga a decir en un par de años que hubiese preferido perder, nadie se olvidará que los de Luiz Felipe Scolari se comieron siete de local, referencia que servirá de cargada por el resto de la historia, en lo que posiblemente quede registrado como: el Mineirazo. 

A un Mundial, al que solo le queda definir su campeón, había llegado un fantasma celeste con el número 50. Este fantasma mutó, ahora es negro, amarillo y rojo, y lleva en la espalda el 14 (aunque podría llevar un 7 -1). Habrá que esperar a que Brasil organice otra Copa del Mundo, sí es que se atreve, para ver en que decide transformarse este fantasma, que lejos está de querer irse de las playas de Copacabana.



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